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Cumadí: El placer del texto

Desde el 18 de octubre de 2022



S.T. , 2022, collage, 15,5x15,5 cm.

El placer del texto

Durante la primavera de 2020 Cumadí y yo intercambiamos un mar de correos electrónicos cuando, confinados cada uno en su cubil, preparábamos al alimón el volumen de Cuarenta cuentos que nos editó la Galería Estampa. En aquellos días yo le enviaba a primera hora de la mañana el texto de mi historia corta y a la noche Cumadí me adjuntaba los inmensos mares bicolores de sus ilustraciones. Por las frases escuetas y corteses que intercambiábamos entonces, Cumadí me pareció una persona cálida y cultivada, divertida y discreta, con quien me atrevería a hacer tanto un viaje largo por regiones inhóspitas como un periplo por vecindades amables.

Manuel Cuevas, nuestro galerista común, me aclaró que -de la misma manera que tolera y comprende mis inseguridades y mis ausencias de cenas con coleccionistas y personalidades importantes que me imponen y asustan- también acepta el carácter de Cumadí, siempre ajeno a inauguraciones y actos sociales. Ante sus cartografías celestes (que construye arrugando un papel acharolado hasta que los pliegues se transforman en estrellas en un planetario de color vivo) me imagino a Cumadí como un poeta astrónomo o un astrólogo rapsoda, alto y delgado, apoyando sus dedos nervudos en los astrolabios de su gabinete. Ante esta obra que ahora nos presenta, fantaseo con un Cumadí con guayabera de lino y alpargatas blancas, enfrascado en la lectura de periódicos, libros y legajos en el segundo piso de su biblioteca, mientras cruje la madera de su vieja mansión colonial en medio de la selva Lacandona, de donde es criollo residente. Quién sabe.

Al admirar las hermosas obras que presenta en esta ocasión en la Galería Estampa, yo me imagino a Cumadí asistiendo a las conferencias que Jorge Luis Borges pronunció durante los años sesenta entre los muros venerables de la Universidad de Oxford. Tal vez Cumadí -elegantemente trajeado con franela gris- estuvo sentado en una anónima segunda fila, escuchando complacido la disertación que Borges pronunció sobre las metáforas, cuando comparó a Escoto y Emerson.

El panteísta irlandés Escoto Erígena dijo que la Sagrada Escritura encierra un número infinito de sentidos y la comparó con el plumaje tornasolado del pavo real. Siglos después un cabalista español dijo que Dios hizo la Escritura para cada uno de los hombres de Israel y por consiguiente hay tantas Biblias como lectores de la Biblia. Parece que Borges estuviera hablando de mi amigo: Cumadí toma un periódico y, tras leerlo hasta la pulpa, lo transforma en un tejido de palabras, en un musgo de letras, en un calmo océano de párrafos. Picasso decía “cuando hago un collage con un periódico, no hago otro periódico; hago una obra de arte”. Cumadí -cuando hace una obra con un periódico- hace una metáfora sobre el diario, que conserva aún la latencia de lo que fue. En la obra de mi admirado amigo, los titulares viven una segunda existencia en la que las palabras adoptan una forma que las sublima. Aquí se hace patente el plumaje irisado del que nos habla Escoto: una vez leído hasta el fondo, el periódico revela sus últimos matices como la pluma de un pavo real; cada arruga se eleva a ola de un mar que resume lo que el columnista decía; cada tintura le trasciende en un prado que materializa la hoguera de las vanidades. Contemplando la obra de Cumadí se hace palpable la máxima del sefardí que comprendió que cada fiel tiene su propio Evangelio. El periódico que nuestro artista tuvo en las manos ya no expone el objetivo “quién-qué-cuándo-dónde” del suceso porque Cumadí transformó la celulosa en la corteza de un roble centenario que trasciende el tiempo inmediato de la noticia del diario que fue.

Emerson dijo que una biblioteca es un gabinete mágico en el que hay muchos espíritus hechizados. Despiertan cuando los llamamos; mientras no abrimos un libro, ese libro, literalmente, geométricamente, es un volumen, una cosa entre las cosas. Cuando lo abrimos, cuando el libro da con su lector, ocurre el hecho estético. Y aun para el mismo lector el mismo libro cambia. Sin duda alguna, Borges está hablando de Cumadí: mi amigo transmuta el volumen rectangular del periódico cuando lo lee, lo transforma en un ave de alas emplumadas de letras. Después, una vez que lo ha devorado de pe a pa, lo vuelve a transformar y convierte el rectángulo del periódico en un mar de arrugas, en un cultivo de hongos. Las letras que fueron titulares son ahora pequeñas olas, esporas en un silencioso bosque alfabético en el que las palabras son plantas de tinta germinada.

Borges cuenta la historia de un imperio arruinado, un reino que había cartografiado su territorio a escala 1:1. Por lo tanto, el mapa cubría todo su territorio. Cuando el imperio cayó, su plano hecho jirones aparecía aquí y allá, como las coronas de ramas enredadas que ruedan por el desierto en las películas del Oeste. Estoy seguro de que Cumadí construiría un lago inmenso con estos fragmentos, Cumadí tejería un mar con el viejo mapa. A ese océano flamante, Cumadí lo bautizaría con el antiguo nombre del imperio pretérito. Cumadí conseguiría entonces que el país aniquilado renaciera en un nuevo mar de palabras. Navegar esas aguas surcadas por infinitas bandadas de letras: eso es el placer del texto.

Luis Mayo



S.T. , 2022, collage, 70x50 cm.


S.T. , 2022, collage, 70x50 cm.


S.T. , 2022, collage, 35x36 cm.


S.T. , 2022, collage, 35x36 cm.


S.T. , 2022, collage, 35x36 cm.


S.T. , 2022, collage, 35x36 cm.


S.T. , 2022, collage, 35x36 cm.